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JOURNAL Nº 1

GANASSA PEOPLE
MATTIA CONTE

SEASE JOURNAL

Historias de mar y tierra

SEASE Journal, una colección de historias de mar y tierra, seleccionadas por Alberto Coretti - fundador de Sirene Magazine - y contadas por nuestros embajadores. Sumérgete en experiencias impresionantes que alimentan el alma, celebra la belleza de la naturaleza virgen y aventúrate por todo el mundo.

GENTE GANASSA
viviendo al máximo

Seguro de sí mismo, irreverente y fuera de lo convencional. El Ganassa es un hombre de carácter fuerte y auténtico, que vive la vida con intensidad y carisma. Un espíritu audaz que no teme los desafíos y que deja huella allá donde va. Nuestro hombre Ganassa es Mattia Conte. Su historia habla de las montañas más altas del mundo, de ascensiones sin botellas de oxígeno y del deseo constante de superar sus propios límites.

MATTIA CONTE

Seguro de sí mismo, irreverente y fuera de lo convencional. El Ganassa es un hombre de carácter fuerte y auténtico, que vive la vida con intensidad y carisma. Un espíritu audaz que no teme los desafíos y que deja huella allá donde va. Nuestro hombre Ganassa es Mattia Conte. Su historia habla de las montañas más altas del mundo, de ascensiones sin botellas de oxígeno y del deseo constante de superar sus propios límites.

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MATTIA CONTE

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Mattia Conte y el aire enrarecido de los ochomiles

«Había demasiado viento para esquiar».

  • Mattia lo sabía. Conocía el viento desde su etapa como hombre de mar, cuando trepaba por los obenques del Amerigo Vespucci, cuando quedaba fascinado por la fuerza del Cabo de Hornos o cuando los caprichos de una tormenta veraniega inesperada en el Mediterráneo le despeinaban el pelo. En la montaña es otro universo, pero no había perdido esa intuición que le permitía saber cómo sería el día antes incluso de levantarse de la cama.
  • Era uno de tantos —demasiados— fines de semana de invierno en Cervinia en los que «no había esquí para los niños del club ni giros entre las puertas con los compañeros del máster». Una vez más, los Alpes habían decidido reservarse un momento para sí mismos. Mattia contemplaba el Cervino recortado sobre el cielo azul, irradiando una belleza que aquel día resultaba aún más inaccesible. Como ya le había ocurrido en otros momentos de su vida, la naturaleza volvía a seducirlo a los 50 años. La montaña lo estaba llamando. Y sentía que no podía decir que no.
  • Un guía lo acompañó en su primera ascensión, rompiendo esa última barrera que separaba el destino de Mattia del alpinismo. En aquella primera subida al Cervino estaba todo aquello de lo que alguien como él tenía hambre: esfuerzo, conocimientos por adquirir, material con el que familiarizarse y, sobre todo, un rincón del planeta que seguía siendo salvaje y del que él quería formar parte. El Mont Blanc, menos exigente que el Cervino, fue el segundo capítulo de un libro que aún estaba por escribirse. Por encima de los 4.000 metros, la escasez de oxígeno empezaba a hacerse notar, pero la mirada de Mattia ya estaba puesta en las cumbres del techo del mundo: los ochomiles.

Antes incluso de ser montañas, los ochomiles son un club muy exclusivo, al que un abogado milanés de cincuenta años, más acostumbrado al mar que al hielo, nunca parecería destinado a entrar. Y los ochomiles sin botellas de oxígeno son aún más excepcionales. Solo existen gracias a la enorme determinación de los pocos que se han atrevido a intentarlo y lo han conseguido. Cuando Mattia le reveló a su guía de montaña cuáles eran sus intenciones, vio cómo este lo observaba fijamente antes de darle una respuesta tan contundente como inapelable: —No lo conseguirás jamás. Eres demasiado mayor, no estás lo bastante preparado y, sin botellas de oxígeno, morirás. Eran palabras duras y definitivas, dignas de ser tomadas en serio, pero que no encajaban con la percepción que Mattia tenía de sí mismo. Desde los años en el Colegio Naval Morosini, cuando entrenaba para las competiciones de gimnasia artística, o desde que obtuvo la licenciatura en Derecho en apenas dos años en lugar de cuatro, había aprendido a medir su propia fortaleza, tanto física como mental. Se conocía bien. Estaba acostumbrado a vivir en el límite de sus capacidades, y eso era suficiente para no renunciar nunca a sus objetivos.

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Antes incluso de ser montañas, los ochomiles son un club muy exclusivo, al que un abogado milanés de cincuenta años, más acostumbrado al mar que al hielo, nunca parecería destinado a entrar. Y los ochomiles sin botellas de oxígeno son aún más excepcionales. Solo existen gracias a la enorme determinación de los pocos que se han atrevido a intentarlo y lo han conseguido. Cuando Mattia le reveló a su guía de montaña cuáles eran sus intenciones, vio cómo este lo observaba fijamente antes de darle una respuesta tan contundente como inapelable: —No lo conseguirás jamás. Eres demasiado mayor, no estás lo bastante preparado y, sin botellas de oxígeno, morirás. Eran palabras duras y definitivas, dignas de ser tomadas en serio, pero que no encajaban con la percepción que Mattia tenía de sí mismo. Desde los años en el Colegio Naval Morosini, cuando entrenaba para las competiciones de gimnasia artística, o desde que obtuvo la licenciatura en Derecho en apenas dos años en lugar de cuatro, había aprendido a medir su propia fortaleza, tanto física como mental. Se conocía bien. Estaba acostumbrado a vivir en el límite de sus capacidades, y eso era suficiente para no renunciar nunca a sus objetivos.

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Comenzó a prepararse en mayo, hace ya ocho años.

Dos veces por semana, el despertador sonaba a las cuatro de la madrugada. Salía de Milán rumbo a Cervinia, ascendía hasta los 4.000 metros y, a las once, ya estaba de vuelta en la ciudad, sentado en el despacho de su estudio. «No quien empieza, sino quien persevera», el lema del Amerigo Vespucci. Lo había leído tantas veces a bordo que terminó haciéndolo suyo. A principios de octubre de 2018, acompañado por un sherpa, alcanzó la cima de su primer ochomil: el Manaslu, en Nepal (8.163 m). Sin botellas de oxígeno. Porque aquello que te ayuda también puede traicionarte. Porque existe una tradición de alpinistas italianos y polacos que han ascendido sin ellas. Pero, sobre todo, porque, tras años dedicados a la gimnasia artística, se identificaba con esa idea del ser humano que Leonardo da Vinci plasmó en el Hombre de Vitruvio: un cuerpo desnudo, esencial, inscrito en un círculo y un cuadrado. Esa esencia puede vestirse, equiparse, pero en el momento en que le añades una botella de oxígeno, se pierde para siempre.

  • «No soy alpinista». Mattia no deja de repetírselo a todo el mundo y a sí mismo, como un mantra. Es su límite, pero también su mayor fortaleza. Sabe que creció con el vocabulario de las escotas, las drizas y los cabos; el lenguaje de las cuerdas fijas no le pertenece. Ha aprendido a manejar el piolet y los crampones, pero abrir una vía en una pared es otra historia. Él asciende por donde los ojos y las manos silenciosas de los sherpas ya han tendido los cables.
  • Un día, en un hotel de Katmandú, cuando ya estaba de regreso, alguien lo llamó durante el desayuno:
—Ah, ¿tú eres Mattia Conte?Era el alpinista español Sergi Mingote.—En el Manaslu éramos 250 alpinistas, pero solo tres subimos sin botellas de oxígeno. Tú eres uno de ellos. Este verano voy a intentar el Gasherbrum I y el Gasherbrum II (8.035 m). ¿Te vienes?Con Sergi —de su misma edad, nacido el mismo año y el mismo mes, con apenas tres días de diferencia— nació una amistad auténtica. Una amistad que creció durante los entrenamientos en Cervinia y se forjó entre los hielos del Gasherbrum, el Nanga Parbat y el Dhaulagiri.

metros

«¿Te vienes conmigo a escalar el K2 este invierno?»

Una vez más, Sergi elevó el listón de las metas de Mattia. El K2 es una montaña implacable que, hasta entonces, nadie había logrado conquistar en invierno y sin oxígeno. Una vez más, Mattia aceptó la propuesta. Y una vez más decidió mantenerse fiel a las reglas que se había impuesto. No era un desafío contra la montaña, porque las montañas nunca desafían a nadie, y mucho menos el K2. Tampoco era una competición contra los demás, porque en la adversidad casi siempre unos salvan a otros, mientras que cada uno se pierde por sí solo. No haría nada que su cuerpo no le permitiera hacer, porque alcanzar ese límite personal era el verdadero sentido de su aventura. Y también la forma más segura de cumplir la promesa que había hecho a sus dos hijos y a su pareja: regresar sano y salvo.Lo que le esperaba en enero de 2021 era un entorno extremo, donde el viento soplaba a 50 nudos, las temperaturas descendían por debajo de los 50 grados bajo cero y donde, a menudo, solo un pequeño detalle separaba la vida de la muerte. El campamento base del K2, situado a 4.975 metros de altitud, era el lugar donde las más o menos lúcidas locuras de veintidós alpinistas procedentes de todo el mundo se fundían en una pequeña comunidad.

El plan de Mattia era alcanzar cuanto antes los campamentos superiores para aclimatarse a la falta de oxígeno.

Sube, baja, pero nunca lo suficiente como para que su cuerpo se adapte como debería. En verano puedes aclimatarte en la montaña y ascender cuando te sientes preparado. En invierno, no. El frío extremo y los vientos implacables impiden que Mattia se adapte como le habría gustado.

  • Pero sabe escuchar la lección que la montaña le brinda en el momento oportuno. Mientras un grupo de nepalíes conquista la cima y otros se empeñan en aventurarse aprovechando ventanas meteorológicas demasiado breves, él, sin oxígeno suplementario, alcanza el Campamento 3, a 7.050 metros, y se detiene. Se detiene porque su ritmo no es el previsto, porque seguir adelante en esas condiciones meteorológicas tan inestables podría significar no regresar.
  • Y Mattia, como un apneísta que, tras alcanzar un récord de profundidad, vuelve a salir a la superficie, regresa al campamento base.
  • Ese es su verdadero logro. Cuando alcanzas tus propios límites, el lugar al que has llegado es mucho menos importante que la forma en la que consigues regresar sobre tus pasos.
Mattia, como hacen los hombres de mar, escuchó los consejos de quienes tenían más experiencia, llevó consigo el equipo de reserva, ayudó y se dejó ayudar, y nunca permitió que su mente olvidara la promesa que había hecho a sus dos hijos y a su pareja. Como se dice a bordo: «Una mano para uno mismo y la otra para el barco».
  • A partir del K2, todos sus ochomiles serían en invierno y sin oxígeno suplementario.

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